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Cada vez que un Gobierno o cualquier administración pública acude a sitios como Silicon Valley, la pregunta que se hace a la vuelta es siempre la misma:
¿Cómo podemos importar esto a España? — ¿Cómo nos traemos ese mismo modelo?


Lo cierto es que, frente al impulso de la copia fácil, la receta es más sencilla de formular, pero más complicada de ejecutar: para recoger frutos, primero hay que sembrar las semillas.

Los casos de Silicon Valley e Israel evidencian la clave de todo esto, ya que ambos territorios apostaron por el emprendimiento y la innovación tecnológica cuando ninguna de estas dos disciplinas estaban en auge en casi ninguna parte del mundo.

Simplemente, creyeron en esa filosofía y apostaron por ella. La apuesta podría haberles salido mal, pero les salió bien. Y eso que, pese a todo, se trataba de dos modelos distintos: mientras Silicon Valley iba congregando a los mejores emprendedores procedentes de cualquier parte del mundo, Israel destinaba un 5% de su PBI a la I+D (el porcentaje en España no alcanza el 1,5%) para conseguir que fuesen sus propios ciudadanos los que estuviesen en condiciones de crear varias de las empresas tecnológicas más innovadoras del mundo.

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